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Recuerdo que fue allá, por los años ochenta y tantos, cuando llevé a cabo la promoción de uno de mis trabajos de investigación por medio de la prensa, la radio y la televisión. No obstante y pese a dicho esfuerzo, todas las editoriales contactadas rechazaron aquella obra (“Amén – La revelación más impresionante de nuestra Era”), por considerarla un tanto escabrosa y arriesgada para los vientos que por entonces soplaban. Su edición pues, a nivel casero, alcanzó la cifra record de distribución de ¡siete ejemplares!

Curiosamente, al año siguiente tuvo lugar un colosal lanzamiento mundial de otro libro semejante al mío y que abarcaba la práctica totalidad de éste, pero con una curiosa e incontestable diferencia: su contenido marchaba en dirección opuesta a la mía y así, lo que el primero pintaba en blanco, en el nuevo figuraba en negro. Su éxito fue rotundo y en tan sólo tres meses se vendieron varios millones de ejemplares por todo el mundo. ¿Rehuían los lectores la verdad o es que la verdad les había sido vetada?

Fuera cual fuese la razón de tal disparidad, opté por centrarme en mi trabajo y dejar el de los demás seguir su propio derrotero. Así pues, procedí a efectuar sucesivas revisiones de mi obra y entonces constaté, con inevitable desagrado, que si bien la orientación de la misma era correcta, adolecía en su desarrollo de importantes errores que a esas alturas era ya incapaz de solventar por mí mismo. Por ello, furioso y agotado, arrojé todo ese trabajo al cajón de los olvidos y opté por emprender otras labores diferentes.

Algunos años después y, cuando ya todo lo anterior había sido olvidado, recibí por correo un sobre sin remite conteniendo el Informe Elías. Tras ojearlo y ver su temática (la de mi antigua y fracasada investigación), busqué por todo el libreto y dentro del sobre mismo un nombre, dirección o carta, convencido de que se trataba de un nuevo investigador en busca de colaboración… pero no hallé la menor pista del remitente.

Intrigado por ello, me enfrasqué en la lectura y análisis de dicho Informe y entonces descubrí, con extraordinario asombro, que pese a su brevedad en comparación con mi arrinconado trabajo, éste no sólo “corregía” mis errores, sino que iba mucho más allá. Estaba claro que no se trataba de ninguna nueva investigación en curso, que requiriese aportación alguna por mi parte. Se trataba de un Escrito ya concluso y de valor muy diferente al de mi vieja obra.

No sabiendo qué hacer con todo ello y considerando su especialísimo contenido, decidí ponerlo en “cuarentena” a la espera de que los hechos futuros hablaran por él… y no tardaron en hablar, y cada vez más fuerte. Durante quince años he venido cotejando los sucesos más importantes que se iban desarrollando, con los expuestos en el Informe y los “aciertos” se sucedían uno tras otro, de forma misteriosa e inexplicable, pues nada indicaba que cuánto había escrito fuera a detenerse. Su desarrollo proseguía inexorable hacia su conclusión: el establecimiento de un Nuevo Mundo.

A causa de mi propio asombro y desconcierto, me asaltó entonces una pregunta que debí plantearme desde un principio: si el contenido de tal Informe ya estaba ultimado, ¿por qué o para qué lo pusieron en mis manos? La respuesta a esta cuestión no la encontré en la propia información aportada, sino en su Presentación, que siempre había tenido ante mis ojos pero sin alcanzar a verla: efectivamente, el desconocido emisario recababa mi colaboración, pero no como Investigador sino como Publicitario.

Ahora la razón del misterioso envío quedaba clara: debía prestar mis servicios profesionales para la difusión global del mismo; hacer con lo extraño lo que no pude hacer con lo propio. Obviamente, el autor de este Informe debe tener un gran sentido del humor ¡De eso no cabe duda! Pero en ello estamos…

A mí sólo me cabe pedir disculpas a todos los lectores por mi inusitada tardanza en “desclasificar” este Informe Elías. Mi único argumento defensivo es que, en los tiempos presentes, casi nadie está exento de desconfiar de todo y de todos. ¡Mea culpa!