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Domingo, 09 de Febrero de 2014 20:02

De la Riqueza, la Malicia, la Política y los Políticos.

 

En algunos Medios de Comunicación y Redes Sociales se vienen divulgando, últimamente, informaciones y opiniones acerca del Dinero, de su injusta Distribución, de la Política y por ende, también de los políticos. Y en casi todas ellas se entremezclan en un todo único y se generalizan dichos conceptos: el Material, el Moral, el Social y el Individual…y eso no es correcto, aunque en ciertos casos todos confluyan en un mismo sujeto.

En primer lugar es preciso entender que la riqueza, elemento material, no corrompe por fuerza a la persona (aspecto moral), si bien es cierto que ella pone a prueba su Integridad al facilitarle, enormemente, el ejercicio del mal en casi todos sus aspectos. En realidad, la conjunción riqueza–maldad no deviene de la primera sino de la segunda. Toda vez que, en gran medida, son los sujetos ya corruptos los que se alzan con las riquezas, habida cuenta que carecen de frenos morales para alcanzar sus objetivos, en detrimento de quienes procuran, ante todo, conservar su dignidad.

Lo cual nos conduce a otra cuestión: ¿De dónde surgieron esos individuos multimillonarios que acaparan y no comparten? Pues precisamente de entre nosotros, los pobres, pero no por pobres sino por perversión. No es pues la Riqueza de los más afortunados la causa de nuestros males (a quien Dios se lo dé, san Pedro se lo bendiga), sino la propia Malignidad a la cual gran parte de nosotros nos rendimos. De ahí ese sabio dicho español: “No pidas a quien pidió, ni sirvas a quien sirvió”, pues hallarás en él al más avariento y tirano de los amos; y también, ese otro más moderno que reza: “Quien nunca fue nada y alguna cosita le hacen, cuando se ve hecho tal cosita ¡qué malas cositas hace!”.

¿Son entonces los pobres los culpables de nuestras desdichas sociales? Rotundamente no. Nuestro error estriba en considerar los bienes materiales como fundamento y objetivo de nuestra existencia, cuando tan sólo es un medio más del que valernos durante ella, y no el principal precisamente.

Sin embargo, este error de base es el que propicia que buena parte de los pobres se rindan fácilmente a determinados sentimientos que aniquilan su Integridad, tales como la codicia frustrada, la envidia y la ira, que son temibles y la principal razón de innumerables crímenes, cualquiera que sea el apelativo con el que se les pretenda justificar. En tanto que la Integridad de los ricos es probada principalmente por la soberbia, la lujuria y la pereza las cuales, con excepción de la soberbia que es socialmente tan letal como las anteriores, perjudican básicamente al propio sujeto dominado por ellas, cumpliéndose así el antiguo dicho: “En el pecado lleva la penitencia”, pues esas debilidades infunden en el individuo tal amargura y hastío respecto a la vida que, con frecuencia, les induce al suicidio.

Vistas así las cosas, podríamos pensar que, en efecto, los pobres son los principales culpables de casi todos nuestros males sociales, pero otra vez nos equivocaríamos. Esta evidencia lo es sólo a nivel numérico, ya que hay muchísimos más pobres que ricos, pero en sus respectivos porcentajes marchan a la par tanto en bondad como en malicia. No es pues la falta ni la abundancia de dinero de unos u otros lo que hunde a la Sociedad, sino la extinción del Hombre, del individuo en sí: ese ser marginado y perseguido por el Sistema Materialista, y al que se le viene privando desde hace largo tiempo de una formación humanista que coadyuve a su Evolución como tal, al objeto de convertirle, conforme al criterio del mal llamado Progreso, en un vulgar ente de producción y consumo que mantenga en marcha, sin meta humana alguna, esa absurda maquinaria económica que nos destruye.

Llegados a este punto es cuando nuestras miradas se dirigen interrogadoras hacia la Política. ¿Por qué no pone freno a todo esto? Pues por la sencilla razón de que ésta fue suprimida para facilitar la persecución del Hombre en todas sus facetas. La Política, “como ciencia y arte del buen gobierno, administración y custodia de los pueblos”, no se ajustaba debidamente a los principios del Progresismo y se optó por sustituirla por la Dominación.

Sin embargo, también la Dominación requiere de una amplia estructura que garantice su afianzamiento y continuidad. Aparece entonces la figura del Político que, a semblanza del antiguo capataz, tiene como función principal la transmisión de las órdenes recibidas a los escalones intermedios y velar por su cumplimiento; para cuyas funciones se le provee de los instrumentos de coacción necesarios para ello, tanto intimidatorios como punitivos.

No obstante la capacidad ejecutiva del Político está constreñida al ámbito de los esclavos, cualquiera que sea su poder adquisitivo. A niveles más altos su capacidad de decisión es nula. De ahí que se muestre ciego y sordo ante los problemas más graves de la Sociedad. A dichos niveles el Político es tan nadie como los demás. Nada puede hacer y tampoco sabría hacerlo.

El cargo de Político o Capataz social no requiere conocimientos especiales ni períodos de aprendizaje. Todos podemos optar a él. Sólo es preciso estar dispuesto a obedecer las instrucciones que se reciban y llevarlas a cabo, a cambio de los enormes beneficios y privilegios conferidos al cargo y que le ubican por encima de las Masas.

Mas conociendo la debilidad del hombre y su alucinación de Poder cuando se ve un pelín alzado, obliga también a los dominadores a sustituir la figura del Político periódicamente. Pero no a ciegas. Ellos primero seleccionan entre los voluntarios y luego dejan que, de entre los escogidos, el Pueblo elija sus propios capataces. Cualquiera que sea la elección la situación permanecerá inalterable. No hay salida ni escapatoria. No existe fuerza humana que pueda liberarnos de esa esclavitud. Habría que mirar muy alto. Mucho más de lo que alcanza nuestra vista…

 

Ultima modificacion el Domingo, 09 de Febrero de 2014 20:08
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