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Martes, 08 de Abril de 2014 15:17

¿Qué está Pasando en al Tierra? El Reconocimiento de los Tiempos

Durante los dos últimos meses transcurridos, a muchos les ha dado la impresión de que la Tierra se estaba volviendo loca. Su comportamiento se ha evidenciado sensiblemente irregular en ambos hemisferios, cuando no opuesto a lo que cabría esperar en sus respectivas estaciones; y todo ello, simultaneado con una escalada de violencia social en muchas partes del mundo.

No obstante, para la gran mayoría de quienes no han sufrido esos violentos impactos, de uno u otro matiz, tales sucesos no han pasado de ser curiosas noticias generadoras de nuevos temas de conversación. Sin embargo, nosotros no viajamos solos. La Humanidad entera se encuentra en el mismo barco, y también hay quien prefiere saber si la nave en que marchamos se encuentra en debidas condiciones de navegación o si, por el contrario, existen serias vías de agua que podrían echarla a pique. Para estos otros, el “¡sálvese quien pueda!” aún constituye una esperanza a tener en consideración ante lo inevitable. Una postrera oportunidad de salvación, con la cual les gustaría contar en última instancia. A ellos, pues, va dirigida la presente disertación.

Ante todo debemos señalar que el motivo que nos impele a intentar esclarecer el trasfondo de unos sucesos ya transcurridos, es la intuición de que no se trata de unos hechos aislados y ya conclusos, sino más bien del comienzo de una creciente e indefinida secuencia de catástrofes naturales que, unidas a las sociales perpetradas por nosotros, habremos de afrontar de ahora en adelante.

Aunque una indagación de este tipo es incumbencia de los Centros de Investigación, el problema de ello es que la Ciencia dispone hoy de un muy reducido campo de acción. Habida cuenta que desde hace un par de siglos se le ha venido amputando gran parte de su antiguo saber, en la consideración de que algunos de sus conocimientos eran contraproducentes o bien innecesarios para la nueva Sociedad que se pretendía estructurar; Por todo ello es lógico pensar que la Ciencia Moderna, por más que se empeñe, no podrá descubrir y menos aún explicar las causas fundamentales del Caos global que está comenzando a desatarse. A falta pues de esa ayuda, habremos de recurrir a las escasas fuentes del antiguo Saber humano, aún conscientes de que éstas han sido clasificadas como curiosas filosofías, leyendas y mitologías ya caducas y superadas.

Sin embargo, a poco que profundicemos en ellas, podemos constatar que las generaciones pasadas eran mucho más conscientes que nosotros tanto de la bondad como de la peligrosidad que entrañaba la Tierra y el Universo para la Humanidad y, en consecuencia, tenían ambas vertientes asumidas y en muy respetuosa consideración.

Sin apenas variación substancial entre los diversos orígenes de tales escritos, se percibe fácilmente en todos ellos que el Hombre es considerado como un todo único junto con la Tierra y el Cosmos. Y este conjunto, a su vez, supeditado a otra u otras entidades superiores. En consonancia con dicha visión del mundo, sustentaban que toda grave afrenta infligida por el Hombre, ya fuera a los seres superiores (dioses) o a esa unidad establecida, era dura y oportunamente respondida por los otros dos elementos naturales sujetos a los dioses. Era creencia común que “todo importante acontecer humano, tanto positivo como negativo, tenía su correspondiente reflejo en los cielos (el Universo en general)” y por ello, la antigua Ciencia aunaba el estudio de los tres componentes naturales: el hombre, la tierra y el cosmos convencidos de su interrelación.

Asimismo entendían que la mentada unidad no lo era a nivel de igualdad, sino de jerarquía. Concepto que ellos explicitaban mediante el antropomorfismo de toda la Naturaleza, indicando así que el Hombre era el fundamento de todo el universo existente. Dicho en otros términos más concisos, que el Hombre era la razón de la Tierra y no la Tierra la razón del Hombre (Antropocentrismo). Y de tales conceptos, extraían la anterior conclusión de que toda grande alteración en el comportamiento normal de la Naturaleza, asentaba sus raíces en un grave y general desorden en la actitud y comportamiento del propio Hombre.

Dejando a un lado las posteriores desviaciones de dichos conceptos, derivadas de las sucesivas decadencias de tales pueblos, nos sustentaremos en aquella primitiva esencia del Saber, pese a su pertinaz condenación por parte de nuestra Ciencia. Partiendo pues del principio de que el estudio de toda importante alteración de la Actividad Universal, y la de su posible proyección futura, ha de acometerse principalmente desde el punto de vista social de cada momento, centraremos nuestra atención en esas direcciones: la humana y la temporal. ¿En qué estado se encuentra hoy la Humanidad? ¿En qué sector del Tiempo nos hallamos? Estas son las dos preguntas clave a las que debemos responder.

Si pretendiéramos contestar a estas dos interrogantes en función de los conceptos asentados en la actualidad, no llegaríamos a ninguna parte. De un lado porque, arbitraria y arrogantemente, nos hemos ubicado en la cúspide evolutiva del Hombre y las Sociedades de todos los tiempos; y del otro porque, irónicamente, no tenemos ni idea de qué tiempos han pasado, cómo se desarrollaron y cuánto duraron cada uno de ellos. Nos hemos limitado a dar por ciertas todas las hipótesis que reforzaban la posición asumida por nosotros. Pero lo cierto es que la Ciencia actual ignora qué es el Tiempo, no sólo en lo concerniente al Hombre sino también el de su significación Universal. Para nosotros no es más que un factor abstracto de valor casi infinito, útil desde luego para formulaciones matemáticas de escasa amplitud. Mas cuando nos empeñamos en calcular dimensiones temporales respecto de la Tierra o del Universo, al desconocer su esencia nuestro error de computación, o mejor dicho de especulación, crece hacia ese mismo infinito imaginado.

Por el contrario, en la antigüedad, el Tiempo era considerado como un elemento más de la Naturaleza en razón de la realidad que representaba y que permitía regular: el de la progresiva Actividad Universal dentro de la cual tenía lugar la concerniente al Hombre. Una especie de hilo imaginario que se iba desenrollando conforme a dicha Actividad y que, como tal, tenía un principio y un final; y que por tanto era susceptible de medición y de subdivisión en sectores de equivalente magnitud, todo lo cual incumbía al hombre determinar.

A este respecto, si bien insertos en filosofías o religiones asimismo desestimadas por la Ciencia moderna, las viejas Civilizaciones nos legaron también datos dimensionales acerca del Tiempo que, desde luego, echan por tierra todas nuestras estimaciones temporales realizadas sin disponer de ninguna cota de referencia.

De todas formas, como no se trata de polemizar acerca del acierto o error respecto a las cifras aportadas por unos y otros, , no nos atendremos a ninguno de los valores establecidos por ambos, sino que juzgaremos el Tiempo en función del Proceso Evolutivo de la Humanidad (de su actividad), entendiendo aquél como una simple proyección de éste.

Bajo dicha perspectiva y ciñéndonos tan sólo a la Historia de los dos últimos siglos, si cotejamos el progreso material de dicho período con la marcha real del Hombre (lo mismo como Individuo que como Sociedad), constataremos al instante que dicho Progreso y nuestra Evolución marchan en direcciones opuestas y a similar velocidad. Es decir que a cada supuesto avance del Progreso, viene a corresponderle un retroceso equivalente de la Humanidad.

No obstante, pese a su apariencia, no es el Progreso (o “Retrogreso” en su más realista definición), el causante de tal contraposición, sino que lo es el grave, rápido y masivo hundimiento moral y mental del Hombre, que le impele a obrar contra sí mismo en un frenético e irracional desarrollo materialista. Y esta realidad se hace patente si comparamos el comportamiento de las antiguas generaciones con respecto al nuestro. Jamás ningún pueblo ni civilización alcanzó, ni siquiera en los tiempos de su mayor declive, unas simas tan profundas y degradantes como las ahondadas por nosotros, y aún así aquellos desaparecieron.

Desde principios del siglo XIX nos hemos lanzado a un abismo de perversión tan inmenso y horripilante, que ya ni toda la mordaz hipocresía que hemos venido tejiendo en los últimos cien años, es capaz de solapar. Media humanidad sucumbe víctima de la codicia y el desenfreno de la otra mitad; incentivamos con beneficios de toda clase la destrucción familiar; arrojamos de los hogares a nuestros ancianos, hacinándoles en lugares habilitados para ello; masacramos anualmente millones de bebés en un feroz holocausto a la Libertad; inculcamos en los niños ideas confusas y prácticas aberrantes; esclavizamos a nuestros semejantes por un mendrugo de pan; contaminamos cielos y mares, y asolamos bosques y campos por unas monedas de más; perpetramos sangrientas guerras para alcanzar obscuros objetivos… y a semejanza de lo expuesto, venimos ejecutando otros mil crímenes contra la Naturaleza y la Humanidad.

Podemos afirmar pues, con toda certeza, que esta Sociedad se ha desprendido ya de toda responsabilidad para con el mundo y los demás. Las expresiones populares de “Esto es lo que hay” y “El que venga detrás que arree”, definen mejor que nada nuestra rendición incondicional y la contumacia de nuestro mal hacer, al que no pensamos renunciar.

En consecuencia y ateniéndonos a los antiguos conceptos acerca de la interrelación jerárquica entre el Hombre y el Universo, debemos acatar el hecho de que nosotros mismos, y a nuestra semejanza, hemos liberado también las fuerzas de la Naturaleza que, asimismo, han comenzado a obrar con idéntica liberalidad y sin freno, por lo que cabe esperar un incremento de su actividad en toda forma, frecuencia e intensidad.

No obstante, si se diera el caso de que la Ciencia moderna estuviese más cerca de la verdad respecto al Mundo que la ancestral, no tendremos de qué preocuparnos. Los acontecimientos que han tenido lugar en los últimos meses, no pasarán de ser lamentables sucesos aislados e inconexos. Pues siendo cierto que el Universo es tan sólo el resultado espectacular de una gran explosión, y que toda forma de vida no es más que el producto de una compleja e infinita secuencia de casualidades, sería absurdo pensar en una reacción violenta de aquél por razón de nuestro abandono y agresión. Aunque, bien mirado, también puede resultar estúpido para muchos seguir confiando en que el Universo en general (y la Tierra en particular), hayan de continuar sujetándose a unas supuestas Leyes que nadie ha establecido.

Sea como fuere dicha fenomenología, y obviando los conceptos del Tiempo establecidos por ambos grupos humanos, el ancestral y el nuestro, y basándonos tan sólo en la situación individual y social del presente como habíamos dicho, podemos afirmar que, ya contemos el Tiempo por miles de años o bien por billones, nuestra actual Sociedad ha llegado a su conclusión y sólo falta el remate final, que podría ser tan espectacular como el del inicio del Mundo.

No obstante, no es asunto mío dilucidar el juicio acerca de cual de los dos planteamientos sobre la Naturaleza y el Hombre es el más correcto. Por ello delegaré tal veredicto en los propios Elementos, esto es, en la Tierra y el Universo en que nos hallamos. Al fin y al cabo, la Ciencia moderna también delega muchas de sus Conclusiones en el sabio juicio de diversas materias.

 

Ultima modificacion el Martes, 08 de Abril de 2014 15:25
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